Elena bajó la mirada.
—Debí verlo antes.
—Yo también tardé en verlo.
—Pensé que respetar tus decisiones significaba no intervenir.
Lucía negó suavemente.
—Me abriste una puerta cuando yo todavía pensaba que no tenía derecho a salir.
Elena le acarició el rostro.
—Yo abrí la puerta. Tú caminaste.
Lucía sonrió.
No era la sonrisa nerviosa con la que durante años había intentado tranquilizar a todo el mundo.
Era una sonrisa tranquila.
Libre.
Mientras caminaban juntas hacia la sala de reuniones, Elena comprendió que las fábricas, los contratos y todo el patrimonio que había defendido durante 30 años podían desaparecer algún día.
Nada de aquello era lo más importante.
Lo importante caminaba a su lado.
Y por primera vez en mucho tiempo, Elena no sintió que tuviera que proteger a su hija de todo lo que pudiera ocurrir.
Porque Lucía había descubierto algo que ningún apellido, matrimonio ni fortuna podía regalarle.
Había aprendido a no volver a hacerse pequeña para que otros pudieran sentirse grandes.