Miró a Elena.
—Tú tienes un taller.
—Tuve un taller.
Javier añadió:
—Ese taller fue el origen del grupo.
Mercedes parecía incapaz de comprenderlo.
—Pero siempre viste así.
Elena la miró.
—Nunca pensé que una chaqueta sencilla necesitara explicación.
Álvaro pasó una mano por su frente.
—Lucía sabía esto.
—Claro —respondió Elena.
Él se volvió hacia su mujer.
—¿Y nunca me lo dijiste?
Lucía lo miró con una tristeza que resultaba más dura que cualquier reproche.
—Quería saber quién eras cuando pensabas que yo no tenía nada que ofrecerte.
Álvaro abrió la boca.
No encontró respuesta.
Elena señaló los documentos.
—Escuchaste “taller” y decidiste que éramos inferiores. Viste a Lucía evitar hablar de dinero y pensaste que dependía de ti. Nunca te faltó información. Te sobró arrogancia.
El tono de Álvaro cambió por completo.
—Elena… señora Velasco… podemos solucionarlo. Todos los matrimonios atraviesan problemas.
Laura, la abogada, intervino.
—Crear una sociedad utilizando los datos de otra persona sin su consentimiento no es un problema matrimonial. Tampoco presentar documentación con firmas cuestionadas ni intentar trasladarle obligaciones que no autorizó.
Dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Ya se han iniciado las actuaciones necesarias para impugnar las operaciones realizadas a nombre de Lucía. También se ha entregado la documentación correspondiente para que se investigue el origen de las firmas y los movimientos financieros.
Álvaro se dejó caer en una silla.
—Eso hundirá la empresa.
Elena negó lentamente.
—La empresa ya estaba endeudada. Utilizabais nuevos créditos para ocultar problemas anteriores y pensabais dejar a Lucía como responsable cuando todo estallara.
Mercedes se acercó.
Su tono ya no tenía desprecio.
—Elena, por favor. Somos familia.
Lucía levantó la cabeza.
—Hace 1 hora era una inútil que debía pagar las deudas. ¿Ahora soy familia?
—Estábamos nerviosos.
—No. Estabais seguros de que no podía defenderme.
Lucía tomó las copias del divorcio.
Las miró durante unos segundos.
—Álvaro quería separarse de mí.
Rompió las hojas por la mitad.
—Lo tendrá. Pero esta vez los documentos serán auténticos y yo sabré exactamente qué estoy firmando.
Álvaro se levantó.
—Lucía, no tires 6 años por la borda.
Ella lo miró fijamente.
—Yo llevo años intentando recogerlos del suelo.
Él quiso tomarle la mano.
Lucía la apartó.
—Clara no destruyó nuestro matrimonio. Tampoco las deudas. Ni siquiera estos documentos.
Respiró profundamente.
—Lo destruiste cada vez que viste que tenía miedo y decidiste que ese miedo te resultaba útil.
Nadie intervino.
Uno de los tíos se puso el abrigo.
—Álvaro nos dijo que Lucía había llevado la empresa al desastre.
Otro familiar se levantó también.
—A nosotros nos contó lo mismo.
Mercedes los observó indignada.
—Hace 10 minutos estabais defendiendo a Álvaro.
Nadie respondió.
Poco a poco, la casa se vació.
Sin el prestigio, el dinero y la apariencia de seguridad, la familia que llenaba cada celebración comenzó a desaparecer por la puerta.
Elena no sintió satisfacción.
Solo alivio.
Tomó a Lucía del brazo.
—Nos vamos.
Álvaro las siguió hasta el recibidor.
—¡Lucía!
Ella continuó caminando.
—¡Por favor!
Lucía se detuvo un instante.
Elena creyó que se volvería.
No lo hizo.
Salieron.
En la calle, Lucía cerró los ojos y respiró profundamente.
—Mamá…
—Estoy aquí.
Lucía la abrazó.
—Creo que llevaba años respirando bajito para que nadie se enfadara conmigo.
Elena sintió que aquella frase le dolía más que todo lo que había descubierto.
La abrazó con fuerza.
—Entonces ya no vuelvas a pedir permiso para respirar.
Las semanas siguientes fueron difíciles.
Los contratos suspendidos dejaron al descubierto la verdadera situación económica de Serrano Maquinaria. Los bancos reclamaron obligaciones pendientes y los abogados separaron las operaciones legítimas de aquellas realizadas utilizando los datos de Lucía.
Clara desapareció de la vida de Álvaro cuando dejaron de llegar los pagos.
Lucía nunca celebró la caída de nadie.
Lo único que quería era recuperar su vida.
Meses después, cuando el proceso de divorcio estuvo encaminado y su nombre quedó desvinculado de varias de las operaciones cuestionadas, pidió trabajar en Grupo Velasco.
Elena pensó que querría un despacho.
Lucía pidió una mesa en administración.
—Quiero aprender desde abajo.
—No tienes que demostrar nada.
—No quiero demostrarlo. Quiero entenderlo. Si algún día voy a cuidar lo que tú y papá construisteis, quiero saber cuánto cuesta construirlo.
Comenzó revisando pedidos, acompañando a responsables de planta y visitando el antiguo taller de Getafe donde todo había empezado.
Allí todavía permanecía una vieja fotografía de sus padres junto a las primeras máquinas.
1 mañana, mientras Elena buscaba unos documentos, vio algo colgado del bolso de Lucía.
Eran sus antiguas gafas.
Las mismas que había olvidado aquel día.
—¿Por qué llevas eso?
Lucía sonrió.
—Porque volviste a buscarlas.
—Son unas gafas viejas.
—Para ti.
Lucía las tomó entre los dedos.
—Para mí son la razón por la que regresaste y viste algo que yo ya no sabía cómo contar.