Elena revisó los papeles.

—No firmes nada más. Ni una hoja.

Lucía palideció.

—Álvaro dice que debo confiar en él porque soy su mujer.

—Precisamente por eso no debería necesitar engañarte.

Aquella misma tarde fueron juntas a casa de los Serrano.

Mercedes recibió a Elena con una sonrisa despectiva.

—¿No tienes trabajo en tu tallercito?

Álvaro apareció inmediatamente.

—¿Encontraste la memoria de Lucía?

—No.

Durante 1 segundo perdió la expresión arrogante.

Esa reacción confirmó demasiado.

Horas después Javier llamó a Elena. Habían localizado transferencias mensuales hacia Clara Ríos, una mujer que vivía en un apartamento de lujo en Pozuelo pagado por Álvaro.

Pero faltaba la prueba definitiva.

Al día siguiente, aprovechando que Álvaro había salido, Lucía abrió un cajón cerrado de su despacho.

Encontró recibos, movimientos bancarios y unos documentos de divorcio ya preparados.

Su firma aparecía al final.

Ella jamás los había firmado.

—Haz fotografías y deja todo exactamente igual —ordenó Elena por teléfono.

Entonces Lucía oyó abrirse la puerta principal.

—¿Lucía?

Era Álvaro.

La llamada terminó.

Durante varios minutos Elena no obtuvo respuesta.

Finalmente llegó un mensaje:

“Estoy bien. No me ha visto.”

Después llegaron las fotografías.

Y en una de ellas aparecía una anotación escrita a mano por Álvaro:

“Cerrar crédito, traspasar fondos, presentar divorcio.”

Elena amplió la imagen.

Debajo había otra frase.

“Antes del viernes.”

Faltaban únicamente 3 días.

PARTE 3

Elena no perdió tiempo.

Esa misma tarde entregó a Javier todas las fotografías y pidió al equipo jurídico que separara 3 asuntos: los documentos firmados sin autorización de Lucía, las operaciones societarias realizadas utilizando sus datos y las transferencias de Serrano Maquinaria hacia cuentas relacionadas con Álvaro.

También prepararon una pequeña trampa.

Elena buscó una memoria USB vieja, prácticamente vacía, y se presentó en casa de su hija.

—Creo que encontré lo que buscabas —dijo delante de Álvaro.

Él intentó disimular la satisfacción.

—Perfecto. Lucía siempre pierde las cosas.

Lucía bajó la mirada para ocultar su expresión.

Álvaro tomó la memoria.

A la mañana siguiente intentó utilizarla para completar una gestión financiera que necesitaba el certificado digital de su esposa.

No pudo.

2 horas después descubrió algo peor.

2 entidades bancarias habían detenido temporalmente nuevas operaciones vinculadas a la documentación bajo revisión, y Grupo Velasco Industrial había suspendido todos los pedidos nuevos a Serrano Maquinaria.

El teléfono de Álvaro comenzó a llenarse de llamadas de proveedores.

A las 19:30 llamó a Elena.

Su tono había cambiado.

—Este domingo vamos a tener una comida familiar. Creo que sería bueno hablar del futuro de Lucía.

Elena comprendió inmediatamente.

—Por supuesto.

El domingo llegó en metro y después caminó los últimos metros hasta la vivienda.

Llevaba un vestido sencillo, zapatos planos y un bolso que tenía desde hacía años.

No quería destruir la imagen que los Serrano se habían construido sobre ella.

Todavía no.

Dentro había unas 12 personas. Tíos, primos, 2 socios antiguos de la empresa y varios familiares de Mercedes.

Lucía estaba sentada cerca de una ventana.

Mercedes indicó a Elena una silla junto a la entrada.

—Ahí estarás bien.

Cuando terminaron el primer plato, Álvaro se puso de pie.

—Tenemos un problema grave —anunció—. La empresa ha perdido contratos importantes debido a decisiones administrativas vinculadas a Lucía.

Lucía abrió los ojos.

—Eso es mentira.

—Déjame terminar.

Mercedes intervino.

—Tu marido está intentando salvar lo que tú has estropeado.

Álvaro dejó un documento sobre la mesa.

—Hay obligaciones pendientes que superan los 600.000 euros. Como Lucía aparece vinculada a determinadas operaciones, su familia debería ayudar a resolverlas.

Uno de los tíos preguntó:

—¿Qué propones?

Álvaro miró a Elena.

—Su madre tiene un taller en Getafe. El terreno tiene cierto valor. Podría venderlo y aportar el dinero.

Mercedes sonrió.

—Sería lo mínimo después de todos los problemas que Lucía nos ha causado.

Elena no respondió.

Entonces sonó el timbre.

Una mujer de unos 35 años apareció en la entrada. Llevaba un abrigo caro y estaba furiosa.

Álvaro se quedó blanco.

—Clara, ahora no.

—¿Ahora no? —respondió ella—. Me dijiste que el problema del banco estaría solucionado ayer. La tarjeta del apartamento está bloqueada y este mes no has hecho la transferencia.

Todos miraron a Álvaro.

Lucía también.

Clara comprendió de golpe dónde estaba.

—¿Ella es tu mujer?

Álvaro la agarró del brazo y la acompañó rápidamente hacia la puerta.

Cuando regresó, nadie hablaba.

Mercedes fue la primera en reaccionar.

—Una trabajadora de la empresa. Nada más.

Lucía soltó una risa breve.

No tenía humor.

Tenía cansancio.

—Qué casualidad que una trabajadora viva en un apartamento pagado por mi marido.

Álvaro golpeó la mesa con la palma.

—¡Basta!

Después se volvió hacia Elena.

—No hemos venido a discutir mi vida privada. Hemos venido a resolver las deudas.

Empujó un contrato hacia ella.