—Si usted colabora, Lucía podrá marcharse sin más problemas. Si no, mañana iniciaremos el divorcio y tendrá que responder de todas las operaciones que están a su nombre.
Elena abrió el bolso.
Mercedes sonrió.
Pensó que había ganado.
Pero Elena no sacó un talonario.
Sacó una carpeta azul oscuro.
Colocó sobre la mesa la primera fotografía.
Los documentos de divorcio.
—Dices que mañana iniciarás el divorcio —comentó—. Entonces me gustaría saber por qué este documento está fechado hace 5 semanas.
Álvaro no contestó.
Elena mostró otra fotografía.
—Y también por qué aquí aparece la firma de Lucía cuando ella nunca firmó esto.
Mercedes se levantó.
—Una fotografía no demuestra nada.
—Estoy de acuerdo.
Elena sacó más documentos.
La constitución de Litoral Gestión Técnica.
La solicitud de financiación.
Los movimientos bancarios.
Los pagos del apartamento de Clara.
Las transferencias.
Los informes de accesos digitales.
—Por eso no tenemos únicamente fotografías.
Lucía observaba todo en silencio.
Álvaro se volvió hacia ella.
—¿Entraste en mi despacho?
—Entré en el despacho que llevo 4 años limpiando, ordenando y respetando mientras tú lo utilizabas para preparar mi salida.
—No sabes de qué estás hablando.
Lucía sacó su móvil.
—Entonces explícalo tú.
Reprodujo una grabación.
La voz de Álvaro llenó el comedor.
“Cuando cierre el crédito, la mayor parte quedará vinculada a la sociedad de Lucía. Después presentamos la separación y que se apañe ella. Su madre venderá ese taller en cuanto vea una reclamación seria.”
Un hombre al final de la mesa dejó lentamente su copa.
Mercedes miró a su hijo.
—¿Cuándo grabaron eso?
Lucía respondió:
—Cuando Álvaro hablaba por teléfono delante de mí porque estaba convencido de que yo no entendía nada de la empresa.
Álvaro intentó recuperar el control.
—Todo está fuera de contexto.
Lucía se levantó.
Durante años había hablado bajando la voz.
Ese día no gritó.
Ni siquiera lo necesitó.
—Cuando tu madre me humillaba, yo pensaba que debía tener paciencia. Cuando me aislabas de mis amigas, pensaba que era porque estabas preocupado por nuestro matrimonio. Cuando controlabas mis gastos, me repetía que quizá la empresa atravesaba dificultades.
Miró directamente a Mercedes.
—Y cuando usted me dio aquella bofetada, todavía me pregunté qué había hecho yo mal.
Mercedes desvió los ojos.
Lucía volvió a mirar a Álvaro.
—Pero mientras yo buscaba la manera de salvar nuestro matrimonio, tú buscabas la manera de dejarme tus deudas.
Álvaro se acercó.
—Lucía, podemos hablar solos.
Ella retrocedió.
—No vuelvas a decidir cuándo puedo hablar.
Mercedes golpeó la mesa.
—¡Esto es absurdo! Esta familia tiene un nombre, empresas, propiedades. ¿De verdad vais a creer a 2 mujeres que vienen de un taller?
Aquella frase consiguió que algunos familiares volvieran a asentir.
Uno murmuró que quizá Lucía había entendido mal los documentos.
Otro dijo que una empresa no podía ponerse en riesgo por problemas matrimoniales.
Elena los observó.
No le sorprendió.
Durante años aquellas personas habían confundido dinero con autoridad.
Álvaro pareció recuperar confianza.
—Exactamente. Elena, piensa bien lo que haces. Puedes presentar las fotografías que quieras, pero esto terminará en abogados durante años. Mientras tanto, Lucía aparecerá como administradora de una empresa endeudada.
Mercedes deslizó un bolígrafo hacia Elena.
—Vende el taller, paga lo que corresponde y todos podremos continuar con nuestras vidas.
Elena miró el bolígrafo.
Después sacó el último documento.
Lo dejó delante de Álvaro.
Era la comunicación formal por la que Grupo Velasco Industrial suspendía su relación comercial con Serrano Maquinaria mientras se revisaban las operaciones detectadas.
Álvaro leyó el encabezado.
Su rostro cambió.
—¿Dónde has conseguido esto?
Mercedes soltó una carcajada.
—Seguro que lo ha impreso en alguna gestoría.
Álvaro levantó la cabeza bruscamente.
—Mamá, cállate.
—¿Por qué?
—He dicho que te calles.
Él conocía aquel documento.
También sabía lo que significaba.
Durante los últimos 6 años, Serrano Maquinaria había crecido presentándose como proveedor estable de varios grandes grupos industriales.
Buena parte de esos contratos existían porque Grupo Velasco los había incorporado a su cadena de suministro.
Sin ellos, los números de Serrano apenas se sostenían.
—Esto no puede ser definitivo —murmuró Álvaro.
—No lo es —respondió Elena—. Todavía faltaba una reunión.
Miró el reloj.
A las 14:35 un coche oscuro se detuvo delante de la vivienda.
Javier Montes entró acompañado por Laura Benítez, abogada externa del grupo.
Álvaro se levantó inmediatamente.
Su expresión cambió de nuevo.
—Javier, qué alegría verte. No sabía que conocías a mi suegra. Precisamente tenemos un asunto bastante desagradable y quizá puedas ayudarnos.
Mercedes se apresuró a señalar la cabecera.
—Siéntese aquí, por favor.
Javier no se sentó.
Cruzó el comedor hasta quedar frente a Elena.
—Buenas tardes, presidenta Velasco. Tenemos preparados los documentos que pidió.
Nadie hizo un solo ruido.
Mercedes frunció el ceño.
—¿Presidenta?
Javier abrió el maletín.
—Elena Velasco es fundadora y presidenta del consejo de Grupo Velasco Industrial.
Álvaro permaneció inmóvil.
—No.