—Mi madre se fue. Álvaro se fue. Durante 18 meses esta casa no tuvo más sonido que la nevera y mi máquina de coser. Usted llegó y arregló la puerta, empezó a discutir conmigo sobre colores, volvió a haber café para 2… Si algún día también se marcha, tendré que aprender otra vez a vivir sola.

Tomás se sentó frente a ella.

—Algún día me iré, hija. Tengo 74 años. Pero no voy a salir voluntariamente de esta casa mientras tú quieras que siga entrando por esa puerta.

Inés soltó una risa rota.

—Entonces quédese.

—Eso pensaba hacer.

Fue entonces cuando ella abrió el cajón y le enseñó el recibo del alquiler.

Tomás lo leyó.

—¿Por qué no me dijiste que estabas pasando por esto?

—Porque usted llegó cargando una maleta y creyendo que no tenía derecho ni a pedir agua. Yo necesitaba demostrarme que todavía podía mantener mi casa.

Tomás la miró con un orgullo silencioso.

—El domingo comprenderás por qué llevo tantas noches escribiendo.

La mañana del domingo amaneció despejada.

A las 11:00, Sergio, Elena y Marcos regresaron.

Sobre la mesa había café, tortilla y una tarta de almendras preparada por Carmen, la vecina del edificio de al lado, que había decidido asistir sin que nadie la invitara.

También estaba Teresa Sánchez, directora de la residencia municipal de mayores.

Los hijos de Tomás no la conocían.

Tomás colocó su vieja maleta sobre las rodillas.

Sacó el sobre marrón.

Después colocó 3 sobres blancos sobre la mesa.

—Supongo que habéis oído hablar del pleito de la finca de Valdehierro.

Sergio apretó la mandíbula.

Claro que habían oído hablar.

Toda su infancia habían escuchado aquella historia.

En 1984, parte de las tierras que pertenecían a los padres de Tomás fueron expropiadas durante las obras de ampliación de un embalse. La familia consideró la indemnización injusta.

El padre de Tomás comenzó a reclamar.

M.u.r.i.ó sin ver el final.

Tomás continuó.

Durante más de 40 años había presentado recursos, cambiado de abogado, pagado peritajes y guardado cada documento en aquel sobre marrón.

Sus hijos se habían burlado muchas veces.

Sergio decía que era dinero tirado.

Elena llamaba al proceso «la obsesión de papá».

Pero el tribunal finalmente había dictado una resolución favorable.

Con intereses y actualizaciones acumulados durante décadas, la indemnización era mucho mayor de lo que cualquiera había imaginado.

Elena se inclinó hacia delante.

—Entonces deberíamos hablar con un asesor fiscal antes de hacer nada.

Tomás la observó.

—Ya está hecho.

Señaló a Teresa.

—Ella dirige la residencia Santa Isabel.

Elena frunció el ceño.

Sergio palideció.

Tomás continuó:

—La misma residencia cuyo folleto dejasteis encima de la mesa mientras discutíais quién debía quedarse conmigo.

Nadie respondió.

—El miércoles fui al notario.

Elena se levantó.

—¿Para qué?

—He donado la indemnización.

Durante unos segundos nadie pareció comprenderlo.

—¿Qué indemnización? —preguntó Sergio.

—Toda.

—¿Toda cuánto?

—Toda.

Elena dio un golpe sobre la mesa.

—¡Eso también era nuestro!

Tomás la miró sin elevar la voz.

—No.

—¡Somos tus hijos!

—Precisamente.

El silencio se volvió insoportable.

—La herencia que os correspondía tener delante era yo —continuó Tomás—. Y cuando todavía estaba vivo, comía y podía hablar, os pareció que ocupaba demasiado espacio.

Sergio apretó los labios.

—Papá, estábamos intentando encontrar una solución.

—Me convertisteis en un problema logístico.

Nadie supo responder.

Tomás empujó los 3 sobres hacia ellos.

—No hay dinero dentro. Son cartas.

Sergio abrió la suya.

Tomás no necesitó leerla.

La conocía de memoria.

—Te escribí que todavía recuerdo cuando tenías 8 años y te sentabas sobre mis piernas para conducir el tractor de tu abuelo. Vendí mi coche cuando entraste en la universidad. Nunca me arrepentí. Tampoco quiero que cargues toda la vida con lo que dijiste de mí. Te perdono. Pero recuerda algo: algún día tú también serás el viejo que camina despacio por una casa ajena.

Sergio bajó la vista.

Elena abrió su sobre.

—A ti te recordé las noches de tormenta —continuó Tomás—. Cuando eras pequeña, yo dormía en el pasillo porque tenías miedo de los truenos. No necesitabas pedirme que me quedara. Yo entendía que mi hija tenía miedo. Cuando llamaste aquí, preguntaste por la carta del abogado antes de preguntar si yo estaba bien.

Los ojos de Elena comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Eso me dolió más que quedarme sin casa.

Marcos todavía no había abierto su sobre.

Tomás lo miró.

—Tú no viniste a buscarme.

Marcos bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Pero tampoco has fingido esta mañana que querías mi dinero. ¿Sabes por qué te escribí?

Marcos negó.

—Porque la vergüenza puede servir para 2 cosas: esconderse o volver. Aún puedes elegir.

Marcos abrió el sobre y empezó a llorar sin leerlo.

Después Tomás sacó una última hoja.