Carmen señaló una silla libre.

—Aquí nadie tiene que ganarse el derecho a comer sentado. Lo que sí hay que ganarse es la confianza.

Durante la cena, Marisa contó cómo Carmen había recorrido 200 kilómetros para llevar una pieza de repuesto a un conductor averiado. Álvaro escuchó una historia que su madre nunca le había contado. Cuando anunciaron las primeras becas, la mujer que antes revisaba cada factura con miedo a no llegar a fin de mes recibió un aplauso que no había pedido.

Álvaro se levantó solo al final.

—Pensé que mi madre tenía una empresa porque había tenido suerte —dijo—. Hoy sé que confundí su sacrificio con mi derecho a aprovecharme de él. Estoy devolviendo lo que debo. No para comprar su cariño, sino para dejar de hacer daño con el mío.

Marisa le acercó una jarra de agua y le indicó que volviera a sentarse. A Carmen aquel gesto le pareció más valioso que cualquier discurso.

Al salir, Álvaro caminó junto a ella hasta la esquina. Los faros de los coches iluminaban la acera húmeda.

—Aquella noche pensé que bastaba con quedarme callado —confesó—. Que si tú te marchabas, todo seguiría como antes.

—Y antes también estaba mal —respondió Carmen.

—Sí. ¿Crees que alguna vez volveremos a estar bien?

Ella no prometió nada. Le tomó el brazo durante unos segundos, antes de despedirse.

En casa, Carmen dejó el plato azul sobre la mesa y guardó en un cajón la fotografía de Álvaro pequeño. Ya no necesitaba mirarla para justificar al hombre en que se había convertido.

Aquel plato seguía teniendo una grieta. Y Carmen había aprendido algo que no enseñaban los negocios ni las cuentas bancarias: las cosas rotas pueden acompañarnos, pero nunca debemos fingir que están intactas para que otros se sientan cómodos.