Den irettesettelsen hadde ikke lyden av et skrik. Kanskje er det derfor det var umulig å unngå det.
Sergio, som så seg selv innesperret, endret tonefall.
“Vi snakker om penger som om det var viktigere enn oss. Clara, jeg elsker deg. Han prøvde bare å få oss til å starte på nytt.
—Du starter ikke helt fra bunnen av med å feie regnskapene dine under teppet.
“Hvis du hjelper meg i noen måneder, kan jeg fikse det.
Clara følte at når hun snakket om «vårt hus», forestilte hun seg et tilfluktssted for oss to. Sergio hadde sett en arv å få tilgang til.
“Hva om jeg hadde sagt opp jobben min, slik du har spurt meg om i flere måneder?” Hva ville jeg ha betalt for studiepoengene dine med?
Sergio så på Julián. Julian så på den tomme koppen.
Mercedes tok et dypt pust.
“Dere har kranglet hele ettermiddagen om hvem som har ansvaret. Ingen har ennå forklart hvem som vil bære konsekvensene.
Da kelneren kom med regningen, trakk Sergio raskt frem et kort.
“Jeg betaler.” Jeg trenger ingen som støtter meg.
El terminal rechazó el cobro. Probó otra tarjeta y también falló. Empezó a culpar al banco, cada vez más colorado. Mercedes abonó la cena porque había invitado y no quiso convertirlo en un espectáculo.
Clara se puso de pie.
—No habrá boda.
—¡Faltan 18 días! —exclamó Sergio.
—Mejor descubrirlo ahora que dentro de 18 días.
—Estás tirando 3 años por una mala racha.
—Una mala racha no escribe a escondidas un documento para quedarse con medio piso. Una mala racha no roba del sobre de la boda ni inventa hipotecas que no paga.
Julián abrió la boca para pedir paciencia, pero calló.
—Necesito que recojas tus cosas —le dijo a Sergio—. Puedes llevarte lo necesario esta noche y acordaremos cuándo retirar el resto. Mi piso dejará de ser tu domicilio.
—No tengo adónde ir.
—Tu padre puede ayudarte mientras encuentras una solución.
Julián asintió con desgana.
Sergio se volvió hacia él, indignado.
—¿Ahora te pones de su parte?
—No es cuestión de bandos —respondió Julián—. Me dijiste que sostenías esa casa. Me has mentido a mí también.
Volvieron a Patraix en vehículos separados. Durante el trayecto, Clara recibió 7 mensajes de Sergio: disculpas, reproches, promesas de cambiar y, por último, una frase que le hizo detener la lectura: «Si me quisieras, no me dejarías precisamente cuando más te necesito».
Clara no respondió. Estaba cansada de que llamaran egoísmo a sus límites.
Bruno los esperaba en la entrada. Al ver a Julián, se refugió detrás de Clara. Ella lo tomó en brazos; no volvería a tolerar que nadie lo expulsara de su propia casa.
Sergio preparó 2 maletas. Mercedes anotó las pertenencias que se llevaba para evitar discusiones posteriores.
Antes de marcharse, Clara habló del dinero.
—Me debes 3.600 €. Quiero que lo devolvamos a tratar por escrito, con Alicia, y que cualquier pago quede registrado.
—¿Vas a meter abogados entre nosotros?
—Los metiste tú cuando empezaste a preparar papeles sobre mi vivienda sin decirme nada.
Sergio le transfirió 900 € aquella noche. Al día siguiente, con la abogada, acordaron por escrito un calendario para los 2.700 € restantes. Clara sabía que un acuerdo no garantizaba cada pago, pero prefería hechos verificables a otra promesa de palabra.
Finalmente, él dejó sus llaves sobre la encimera.
—Algún día te arrepentirás —murmuró.
Clara estuvo a punto de preguntarle si de verdad había aprendido tan poco. Se limitó a abrir la puerta.
Julián se detuvo antes de salir. Su chaqueta seguía descosida por el arañazo de Bruno.
—Clara, te debo una disculpa. Pensé que mi hijo mantenía esta casa.
—Aunque la mantuviera, no tendría derecho a mandarme.
Él aceptó la corrección sin discutir.
—Tienes razón. Nunca enseñé a Sergio la diferencia entre cuidar de alguien y controlarlo.
Sergio soltó una risa amarga.
—Tú siempre dijiste que un hombre tenía que ser el que llevara los pantalones.
Julián lo miró durante un instante largo.
—Y ahora veo el daño que te hice con eso. Pero mentir fue una decisión tuya.
Al cerrarse la puerta, a Clara le temblaron las piernas. Mercedes la abrazó y entonces su hija rompió a llorar.
Lloró por el vestido colgado en el armario, por los amigos que ya habían reservado hotel, por la imagen de una familia que todavía podía ver cuando cerraba los ojos. Lloró también de alivio, aunque le avergonzó admitirlo. Su madre esperó a que recuperara el aliento.
—No has desperdiciado estos años —le dijo—. Has aprendido qué no quieres construir sobre ellos.
Los días siguientes fueron difíciles. Clara canceló el banquete, llamó a los invitados y perdió parte de los anticipos. Una tía le aconsejó perdonar; su amiga Nuria llegó con comida preparada y no le pidió explicaciones.