En el asiento del copiloto estaba Tomás.

—Si te presentas el viernes, pediré revisar la custodia —continuó Sergio—. Diré que trabajas noches y que no puedes cuidar de Lucía.

Clara sintió que se le vaciaba el estómago.

—No te importa Lucía.

—Tú eres quien tiene algo que perder.

Se inclinó hacia ella.

—Retírate y desapareceré otra vez.

Clara llegó aquella noche a la cocina de pruebas con la cabeza en otro sitio. Quemó una salsa y dejó caer una bandeja. Álvaro la observó hasta detenerla.

—Estás cocinando con miedo.

—Estoy cansada.

—No. Estás intentando hacerte pequeña.

La frase la golpeó porque Rosario decía lo mismo cuando Clara era niña.

Álvaro dejó su chaqueta sobre una silla.

—Tu abuela no cocinaba para demostrar que era mejor que nadie. Cocinaba porque no permitía que otros decidieran cuánto valía. Si tienes miedo, úsalo. Pero no le entregues el cuchillo.

Clara pensó en Sergio, en Tomás, en Ignacio y en todos los turnos dobles que había aceptado para no perder el sueldo.

Volvió a encender el fuego.

—Empecemos otra vez.

El viernes, Bruma parecía un plató de televisión. Habían retirado varias mesas y colocado 2 estaciones frente al comedor. Periodistas, críticos y clientes habituales ocupaban cada silla.

La cata tendría 4 pruebas. Los jueces no sabrían qué plato pertenecía a cada cocinero hasta después de puntuarlo.

Ignacio llegó con 3 ayudantes.

Clara tenía a Mateo, un joven cocinero que decidió ayudarla después de escuchar cómo Ignacio se atribuía el mérito de su caldereta.

La primera prueba era huevo.

Ignacio preparó una yema curada con espuma de trufa y caviar.

Clara hizo huevos escalfados sobre migas castellanas con reducción de vino tinto y panceta.

La crítica gastronómica Elena Baeza probó ambos.

—Uno quiere impresionarme. El otro quiere que recuerde algo.

El punto fue para Clara.

La segunda prueba era vieira.

Cuando Clara giró la llave del gas, no ocurrió nada.

Mateo revisó la conexión.

—Han cerrado la línea.

Clara levantó la vista. Tomás estaba junto a la puerta de servicio.

Quedaban 11 minutos.

—Trae las tablas de cedro decorativas.

—No podemos cocinar sobre eso.

—Podemos ahumar.

Clara prendió el cedro con un soplete, atrapó el humo bajo una campana metálica y usó el calor residual para marcar las vieiras. Las terminó con naranja amarga.

El jurado declaró empate.

Álvaro se acercó a Tomás.

—La línea estaba cerrada desde el cuadro externo.

—Será un fallo técnico.

—Las cámaras del pasillo funcionan.

Tomás dejó de respirar durante un segundo.

La tercera prueba era carne.

Ignacio eligió un lomo de vaca madurada durante 60 días.

Clara había preparado carrillera con antelación, según permitían las normas. Al abrir el recipiente, descubrió que la salsa había sido sustituida por agua con sal.

Mateo palideció.

—Nos han cambiado el fondo.

Quedaban 14 minutos.

Durante 4 años, Clara había solucionado problemas que nadie veía: mesas duplicadas, alérgenos mal anotados, platos devueltos, cocineros ausentes. Siempre lo llamaban “servicio”, como si improvisar bajo presión no fuera una habilidad.

Tomó cebolla, vino y los jugos disponibles en su estación. Añadió una cucharada del fondo de su caldereta, redujo todo a fuego máximo y glaseó la carrillera.

La sirvió sobre puré de patata ahumada.

Elena la probó.

—Este plato casi fracasa. Y por eso me interesa. Alguien ha corregido un desastre en tiempo real.

El punto volvió a ser para Clara.

2 a 1.

Faltaba el postre.

Entonces se abrieron las puertas.

2 agentes de policía entraron acompañados por Sergio.

—Buscamos a Clara Montes.

Clara soltó la cuchara.

Sergio avanzó.

—Mi hija ha desaparecido del hospital. Ella se la ha llevado.

El comedor se llenó de murmullos.

—Eso es mentira. Lucía está ingresada.

—Tenemos una denuncia por una salida no autorizada —explicó un agente.

Las cámaras giraron hacia Clara. Ignacio cruzó los brazos. Tomás bajó la mirada para esconder una sonrisa.

Clara entendió la jugada completa: no querían ganar. Querían destruirla delante de todos.

Uno de los agentes se acercó.

—Necesitamos que nos acompañe.

Antes de que Álvaro pudiera intervenir, una voz pequeña sonó desde la entrada.

—Mamá.

Lucía estaba allí, sentada en una silla de ruedas del hospital, con una manta sobre las piernas. A su lado caminaba la supervisora de planta y detrás venía otra agente.

Sergio retrocedió.

—La niña no ha desaparecido —dijo la supervisora—. Este hombre intentó sacarla sin autorización. Cuando el personal se lo impidió, presentó una denuncia falsa.

Sergio empezó a justificarse. La agente le pidió que saliera para prestar declaración.

—Fue idea de ellos —soltó de pronto, señalando a Tomás y a Ignacio—. Me dijeron que montara un escándalo para que ella abandonara.

Ignacio golpeó la mesa.

—Está mintiendo.

Álvaro levantó su teléfono.

—Entonces será fácil comprobarlo.