Con el tiempo, Javier dejó de presentar a Mateo como “el hombre que salvó a su hija”. Empezó a decir simplemente:
—Él trabaja aquí.
Para Mateo, esas 3 palabras valían más que cualquier homenaje.
Un invierno después, en una noche especialmente fría, salió por la puerta de servicio al terminar su turno. Vio a un hombre joven sentado cerca del antiguo rincón donde él había dormido. Llevaba una mochila, una chaqueta demasiado fina y esa misma expresión de quien intenta hacerse invisible.
Mateo no preguntó de dónde venía.
No preguntó qué había hecho mal.
Volvió dentro, compró 2 cafés y un bocadillo, y regresó.
Se sentó a su lado.
El joven lo miró con desconfianza.
—No quiero problemas.
—Yo tampoco.
Mateo dejó el café entre ambos.
Durante unos minutos no hablaron.
Después el joven aceptó el vaso.
Desde una ventana del segundo piso, Rosa vio la escena y sonrió.
Habían pasado años desde el primer café.
Nada parecía haber cambiado y, al mismo tiempo, todo era distinto.
Al amanecer, Mateo acompañó al joven al despacho de trabajo social. Antes de entrar, el muchacho se detuvo.
—¿Por qué hace esto?
Mateo miró la gorra azul entre sus manos.
—Porque una vez alguien me dejó un café sin pedirme explicaciones.
Luego abrió la puerta.
Y esta vez, ninguno de los 2 tuvo que quedarse fuera.