No sabía que apenas acababa de cometer el primero.

PARTE 3

6 días después, Álvaro entró en la sede madrileña del Grupo Valcárcel convencido de que iba a negociar una renovación de 1.200.000 euros anuales. Llevaba traje azul, corbata impecable y el mismo reloj que Marina le había regalado por su 40 cumpleaños.

Cuando la vio sentada al otro lado de la mesa, dejó de sonreír.

No necesitó que nadie la presentara. La reconoció. Pero tardó varios segundos en comprender por qué su esposa, a la que creía escondida y aterrorizada, ocupaba una silla reservada al comité estratégico del grupo.

—Marina…

—Siéntate, Álvaro.

Marina abrió una carpeta.

—Tu empresa ha facturado 186.000 euros en campañas que, según los proveedores, costaron menos de la mitad. Hay otras 14 facturas duplicadas. Y 72.000 euros terminaron en una cuenta vinculada a Clara Benítez.

Álvaro tragó saliva.

—Eso tendrá una explicación contable.

—Tendrás 72 horas para justificarlo.

—Esto es entre tú y yo.

—No. El incendio es un asunto penal. Las facturas son un asunto empresarial. Nuestro matrimonio es otra cosa. Por primera vez, no vas a mezclarlo todo para confundir a quien tienes delante.

Álvaro apretó la mandíbula. Marina reconoció la mirada que precedía a sus estallidos en casa. Pero allí había cámaras y testigos. Por primera vez, su mirada no la paralizó.

Se levantó sin despedirse.

Esa tarde llamó Lourdes, la madre de Álvaro, 11 veces.

Marina no respondió. A la mañana siguiente, Lourdes apareció en recepción. No preguntó por Lucía ni por las heridas de Marina.

—Estás destrozando la vida de mi hijo —dijo.

Marina abrió en su móvil una imagen captada por una cámara comunitaria. En ella se veía a Álvaro entrando con la garrafa poco antes del fuego.

Lourdes apartó la vista.

—Estaba desesperado. Tiene deudas. Los hombres hacen locuras cuando se sienten acorralados.

—Su hija estaba dentro.

—Pero sobrevivió.

Marina sintió que aquella frase cerraba una puerta que llevaba años entreabierta.

—Vete, Lourdes.

—¿Vas a mandar al padre de tu hija a prisión?

—Yo no mando a nadie a ninguna parte. Solo voy a dejar de protegerlo de lo que ha hecho.

Lourdes cambió de tono.

—Sin Álvaro no eres nadie. Llegaste a nuestra familia sin padre, sin dinero, sin carrera terminada.

Esta vez Marina la miró con calma.

—Precisamente por haber creído eso aguanté demasiado.

2 días después, la agencia de Álvaro celebró su aniversario en un hotel de Madrid. Había organizado el evento antes del incendio y decidió mantenerlo para convencer a clientes e inversores de que todo seguía bajo control.

Clara apareció con él.

Como sus nombres aún no eran públicos, ambos fingían normalidad. Marina acudió para cerrar la revisión contractual.

Álvaro se acercó con una sonrisa rígida.

—No deberías estar aquí.

—Estoy invitada.

—¿Por quién?

Antes de que Marina contestara, las puertas del salón se abrieron.

Tomás Valcárcel entró apoyado en un bastón, con Sergio a unos metros. Varias conversaciones se apagaron.

Tomás caminó hasta Marina.

—Lucía está esperando para cenar con nosotros —dijo—. ¿Te queda mucho, hija?

La copa de Clara chocó contra el suelo.

Álvaro parpadeó.

—¿Hija?

Marina no sonrió.

—Tomás Valcárcel es mi padre.

—Eso no puede ser —murmuró Álvaro.

—La cuenta que salvó tu agencia en 4 crisis, la línea de crédito que ningún banco quería darte y los contratos que presumías haber ganado solo existieron porque él pidió que te dieran oportunidades. No porque fueras mi marido. Porque eras el marido de una hija a la que él no se atrevía a acercarse.

Álvaro miró a Tomás.

—¿Usted sabía quién era yo?

—Sabía quién eras profesionalmente —respondió Tomás—. Lo que no supe a tiempo fue quién eras dentro de tu casa.

Álvaro había construido su reputación sobre la idea de que Marina dependía de él. En minutos, esa versión se desmoronó. Marina solo sintió cansancio y ganas de volver con Lucía.

A la mañana siguiente, Álvaro apareció en el apartamento temporal donde Marina y Lucía se alojaban. Parte de sus cuentas empresariales ya estaban inmovilizadas por la auditoría.

Cuando Marina abrió la puerta, él se arrodilló.

—Perdóname.

Ella no lo invitó a pasar.

—¿Por qué parte?

—No quería que terminara así.

—Sellaste la puerta.

Álvaro cerró los ojos.

—Debía 280.000 euros por apuestas y préstamos. Me estaban presionando. La póliza era la única salida.

—Lucía estaba dentro.

—Yo pensé que…

—No. Tú calculaste.

Él empezó a llorar.

—No dejes que tu padre me hunda.

En ese momento Marina entendió que no había ido a pedir perdón por ella ni por su hija. Había ido porque temía perder la empresa, el dinero y su posición.