El niño se puso nervioso.
Álvaro sonrió.
—Sí, soy yo.
Dani sacó un papel doblado de su mochila.
—Esto es para usted.
Era un dibujo.
Aparecían Lucía, Hugo y Dani sentados alrededor de una mesa. Había 3 platos enormes y, en una esquina, una figura con traje.
Encima, con letras torcidas, Dani había escrito:
“Gracias por dejarnos cenar con mi hermana.”
Álvaro tragó saliva.
—No tenéis que darme las gracias por comer.
Dani frunció el ceño.
—Lucía dice que antes no podía llevar suficiente.
Lucía, unos metros más atrás, bajó la mirada.
Álvaro se agachó para quedar a la altura del niño.
—Entonces vuestra hermana era la que estaba haciendo el esfuerzo. No yo.
Hugo intervino.
—Pero usted cambió la norma.
Álvaro miró hacia la casa.
—Porque la norma estaba mal.
Dani pareció satisfecho con aquella explicación.
Después miró a Lucía.
—¿Podemos volver otro día?
Ella sonrió.
—Si os portáis bien.
—Entonces Hugo no puede venir.
Por primera vez, Álvaro escuchó a Lucía reír con total libertad.
Aquella tarde los chicos comieron tarta en la cocina con el chef. Hugo le preguntó cómo se preparaban varias recetas y terminó ayudándolo a cortar verduras. Dani corrió por el jardín hasta quedarse sin fuerzas.
Cuando se marcharon, Álvaro permaneció varios minutos mirando la puerta.
La mansión le había parecido durante años una demostración de éxito.
Aquella tarde, llena de huellas, platos y risas, le pareció por primera vez una casa.
Sin embargo, el conflicto con Carmen no había terminado.
Semanas después, ella apareció durante una cena familiar. Estaban presentes varios socios, primos y miembros de la familia.
En mitad de la conversación, Carmen lanzó una pregunta delante de todos:
—¿Cuánto te ha costado ya tu experimento social?
La mesa quedó en silencio.
Álvaro dejó los cubiertos.
—Es un programa laboral.
—Llámalo como quieras. Estás pagando problemas que no son tuyos.
—Son problemas de personas que trabajan para nosotros.
—Precisamente. Trabajan. Cobran. Se van a casa. Esa debería ser la relación.
Uno de los primos asintió.
Otro evitó mirar a Álvaro.
Carmen continuó:
—Si una empleada no puede mantener a su familia con lo que gana, quizá el problema está en las decisiones que ha tomado.
Álvaro sintió una rabia fría.
Lucía estaba aquella noche en la finca.
Podía oírlo.
—No vuelvas a hablar así de ella.
—¿Ves? Ya no puedes separar trabajo y emociones.
—No estoy hablando de Lucía. Estoy hablando de respeto.
Carmen soltó una risa breve.
—Todo esto empezó por ella.
Álvaro negó con la cabeza.
—No. Todo esto empezó porque yo la humillé.
La frase dejó inmóvil a la mesa.
—Pensé que robaba porque llevaba un bolso lleno al salir. La enfrenté. Le quité el bolso de las manos. Su comida terminó tirada en el suelo delante de mí.
Carmen endureció la expresión.
—Y descubriste que rompía una norma.
—Descubrí que la norma era absurda.
—Siempre has sido demasiado sentimental cuando te sientes culpable.
Álvaro respiró despacio.
—Quizá. Pero ¿sabes qué es lo peor? Que durante años confundimos la riqueza con el derecho a juzgar a quien no la tiene.
Carmen se levantó.
—No pienso escuchar un sermón.
Álvaro tampoco levantó la voz.
—Entonces no lo escuches. Pero mientras yo dirija la empresa y esta casa, nadie volverá a ser tratado como sospechoso únicamente por necesitar algo.
Carmen abandonó la cena.
Durante varias semanas no habló con él.
Lucía se enteró de la discusión.
—No quería provocar problemas entre ustedes.
—Usted no los provocó.
—Pero empezaron después de lo que pasó conmigo.
Álvaro la miró seriamente.
—El problema ya existía. Usted solo hizo que yo lo viera.
Pasó casi 1 año.
Hugo consiguió excelentes notas. Le interesaban las matemáticas, la tecnología y todo lo relacionado con máquinas. Lucía había presentado una solicitud, sin decírselo a Álvaro, para una beca educativa financiada parcialmente por el nuevo programa.
Un viernes de invierno apareció con el viejo bolso verde y un sobre.
—Hugo ha sido admitido.
Álvaro abrió la carta.
El chico había conseguido una beca para estudiar bachillerato tecnológico en un centro con un programa académico que antes estaba fuera del alcance de la familia.
—Esto es fantástico.
Lucía asintió.
—Él dice que fue gracias a usted.
—No.
—Álvaro…
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre en la finca.
Él la miró sorprendido.
Lucía sonrió.
—Después de casi 1 año, creo que puedo dejar de decir “señor De la Vega” alguna vez.
—Acepto la excepción.
Ella le entregó la carta.
—Hugo cree que usted le abrió una puerta.
Álvaro negó de nuevo.
—Tú trabajaste. Él estudió. El programa solo evitó que una falta de dinero cerrara esa puerta antes de tiempo.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas.
Pero aquella vez no había miedo en ellos.
—He tardado mucho en aprender algo —dijo.
—¿Qué cosa?